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Esta ultima noche en el barrio dimos una caminata larga, comenzamos por el paseo como de costumbre y después dejé que Ema nos llevara donde quisiera. Yo tenía una misión: robarme una última baldosa mientras aún me sentía con derecho de hacerlo en esas calles. Encontré muchos rincones silenciosos, volví a escuchar la campana de viento de los vecinos después de mucho tiempo. Vimos muchos lugares a los que nunca les pusimos atención, Ema como que presiente el cambio pero no termina de entender que las dos nos vamos juntas. En fin, ella conoció árboles donde nunca había hecho pis, y yo conocí complejos habitacionales escondidos por las calles que menos caminé en estos años.

Pensé mucho en Luis, en las noches que caminábamos de regreso a nuestras casas, cuando medíamos la distancia en bicicleta con las veces que se repetía Plainsong (de Centro Magno a nuestro barrio era un total de 3.algo Plainsongs, por ejemplo). Pensé en llamarle pero no lo hice. Tampoco encontré alguna baldosa que llamara mi atención para robar, creo que ya he tenido suficiente de este lugar, aunque si pudiera me quedaba aquí bastantes años más. Estuvo lloviendo y este fresco me recuerda a las mañanas de invierno de mi último año de universidad, cuando escuchaba esa canción de The Cure que dura la distancia exacta del departamento al salón de mi clase de las 7AM. 7 minutos y 45 segundos. Me gustaba medir distancias con canciones de The Cure. Me gustaba sentir el frío en la cara, y pedalear cada vez más rápido. Me gustaba comprar mandarina en el mercado para todos mis amigos.

Me siento como en un sueño, como que es mentira que todo se acaba. Todo se acaba, se me murió un tabachin y el otro sobrevivió. Se me murieron muchas plantas en ese lugar, yo pienso que se sofocaron.

Pensé en todas las oportunidades “que me han dado”, pensé en las palabras de alguien random en el internet, y en su intento por señalar cosas que yo creí eran aparentes. Aprendí entonces que lo que uno cree implícito no siempre lo es, he aprendido con el tiempo que la lógica del mundo es llevarle la contraria al deseo del corazón. Y para la mayoría de gentes es doloroso, para mí lo es. Está bien, yo no quisiera complacer a nadie nunca, ni sentir que les debo explicaciones. 

Ayer, cuando llegué a mi nueva casa, me asomé al jardín de mi abuela —se ve desde mi terraza — y el sol iluminaba una nube de una forma preciosa. Eli me dijo que a lo mejor si me quedaba en la otra casa yo también me hubiera sofocado, como mis plantas. Quién sabe.

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Sobre el deseo