En 2024 encontré una cámara digital de segunda mano, un objeto aparentemente trivial. Al recogerla, la transacción se transformó en una conversación marcada por ternura y tristeza. La mujer que me la vendió me dijo que, al llevarme la cámara, también me llevaba un pedazo de su corazón. Por alguna razón —que prefiero atribuir al azar, y no a lógica— se sintió en confianza para contarme la historia de la dueña anterior: su hermana, quien falleció un año antes en un accidente.

Era agosto, y yo también atravesaba un duelo. Cuando encendí la cámara encontré 128 fotografías: el registro de un libro con una obsesión subrayada por la muerte. En ciertas imágenes se asomaban las puntas de sus dedos, su presencia sutil. Elegí 42 fotos, un gesto mínimo, para reconciliarme con lo incompleto. Este proyecto habla de la sincronicidad y las huellas vivas que dejamos, incluso en la ausencia. 

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Fragmentos linfáticos