Oculta
de Marijose Uribe
La figura de la víctima se regula, se disciplina y se vuelve legible sólo bajo ciertas condiciones. La mala víctima –como la plantea Leonor Silvestri en su manifiesto– interrumpe y desborda los guiones de lo creíble, de lo permitido. Desobedece las formas en que el daño “debe” narrarse y, al hacerlo, desplaza también los marcos desde los cuales se le reconoce. Con esta pieza nos encontramos ante una ritualística ambigua, un espacio que promete exploración y liberación, en donde las dinámicas se vuelven difusas, difíciles de nombrar. En ese umbral —entre lo que se supone que debe suceder y lo que efectivamente aconteció— Marijose Uribe activa un gesto paralelo, un registro discreto, casi imperceptible, que no busca evidenciar sino sostenerse.
Como en pocos trabajos documentales, aquí la fotografía opera como un método de supervivencia directo, en el que la documentación ocurre al mismo tiempo que el incidente y se presenta como una forma de atravesarlo. Las formas de violencia sexual y emocional que, por su contexto, suelen quedar suspendidas en la ambigüedad, así como las dinámicas laborales atravesadas por la informalidad, configuran el terreno en el que esta práctica se activa. Frente a ello la cámara continúa y se desdobla, no se detiene. Es ahí dónde radica su fuerza, en el señalamiento del gesto mínimo que es violento y que suele, también, pasar desapercibido.
Las imágenes aquí presentadas capturan cuerpos en movimiento, escurridizos, anfibológicos, que se resisten a fijarse en una sola lectura, poniendo en juego el acontecimiento del abuso y las condiciones que lo hacen posible: las labores asumidas sin cuestionamiento, los acuerdos tácitos, las pedagogías del aguante. Aquello que aceptamos porque así se supone que debemos trabajar, incluso cuando hiere. La vulnerabilidad como operante de las tensiones desde donde se nombra lo que insiste en permanecer oculto. La mala víctima abre el relato, lo continúa y lo prolonga, no lo clausura.
El trabajo de Marijose se remite a una cuestión de creencias, algo tan visceral como la fé, como crecer aprendiendo a obedecer, para después retarse a cuestionar lo que se conoce como verdadero. Y eso no es sencillo; no es sencillo diseccionar la propia identidad ni examinarla de cerca. Es una labor constante, paciente. Por eso, abre apenas una ventana —la más pequeña— para ventilar lo que duele y dejarnos ver algunos recovecos. Su imaginario se construye a partir de fotografías que se transforman en acciones, en puntualizaciones de aquello que es difícil de señalar, en gestos tan diminutos que podrían pasar inadvertidos, con la convicción de que nombrar las cosas desagradables también puede ser un visaje del afecto.
En este contexto, Oculta se inserta en la fotosala del Museo del Periodismo y las Artes Gráficas como una interrupción necesaria, propone una imagen que no busca ser consumida, propone una imagen que se resiste y, lejos de la circulación inmediata, exige tiempo para ser vista y también para ser asimilada. Estas imágenes actúan desde una opacidad diferente, son fragmentos de una contemplación no pasiva. Nos invitan a habitar y atender a la incomodidad, requieren ser miradas despacio para revelar lo que, de otro modo, permanece invisible.
—Mar Rodríguez para fotosala MUPAG, abril 2026