Frankenstein, la imagen muerta
Cada día amanece, y el mundo es nuevamente devorado
Rosario Castellanos. Tres poemas (1959)
Adentrarse en el laboratorio es siempre una decisión consciente e intencionada que encuentra su potencia en el proceso latente de darle vida a una nueva imagen. Sin embargo, Kendy Rivera se acerca a nuevas dimensiones creativas cuando decide concretar estos encuentros desde lo no-deseado, cuando elige entre lo no-elegido.
Contenedores de basura o el interior de cajas de cartón son los lugares de donde éstas fotografías son recuperadas y adquieren una especie de voluntad de ser nietzscheana al ser integradas en nuevos cuerpos. Las imágenes muertas, dice Kendy, son reconfiguradas para dar lugar a una nueva entidad. Estas nuevas entidades mantienen las memorias de sus cuerpos anteriores y, en la investigación ontológica de esa condición no-humana, se incorporan a una forma diferente de existencia.
El laboratorio fotográfico es arrasado y se transforma en uno biológico. Hay una suerte de exilio en el horizonte que plantea Rivera en esta y otras exploraciones anteriores: el de las imágenes (fotográficas o no) como potencias aniquiladoras de cualquier idea preconcebida sobre cómo deben funcionar. Esta pulsión apunta hacia lo que parece una cuestión del futuro, pero que se instala sutilmente en el pasado: la voluntad de escapar a todo sistema totalizante.
Ese universo de todo lo que ha sido y ya no es —el vacío y el punctum, según Barthes—, es donde se despliega el imaginario de Frankenstein, el que da paso a la posibilidad de este intercambio de órganos y extremidades visuales. En él, la imagen muerta encuentra un espacio para volver a existir, para reunir sus partes y habitar una corporalidad desconocida.
—Mar Rodríguez, octubre 2026.